Una canción, la universalidad de la música en el blog Duczen

may 25th, 2009 | By | Category: Noticias

“¿Fría o caliente?”. La camarera me pregunta con la jarra de leche en la mano. Las estaciones son lugares de paso y a su vez de encuentro. En las que el tiempo sigue sus propias reglas, esclavo del segundo siguiente. Por ellas circulan infinidad de viajeros. Todos con una historia. Nunca hay tiempo para las relaciones, pero aún así nos afanamos en encontrar pequeños momentos de humanidad. Un nuevo viaje siempre es una incertidumbre en mayor o menor medida y siempre ayuda partir con una sonrisa.

“Caliente, por favor”. He tardado en responder y aún así lo he hecho de manera automática. Sin escuchar la pregunta. Es la costumbre quien ha hablado por mi boca. Poco importan las prisas. El café, caliente. Rellena la taza con leche caliente. El humo que escapa confirma la temperatura. Una pira funeraria de cafeína. La camarera se aleja para atender a otro cliente mientras silba, en tono suave y de manera breve, una tonadilla. Pienso que debe ser “buena gente”. Nadie que silbe alegremente a las 7:35 de la mañana puede no ser buena gente.

Me he quedado absorto en mis pensamientos. Ajeno al lugar en el que estoy. No me he percatado que no he dado las gracias a la camarera. Una torpeza social. “Gracias”. Pronuncio la palabra segundos tarde. A pesar de los metros que nos separan ella lo escucha. Se gira. Le ha sorprendido la tardanza. No me extraña, a mi también. Un “gracias” a destiempo. Me sonríe y me responde “De nada”. Su gesto es tan cálido que me hace olvidar el por qué estoy en la estación. Permanece mirándome durante unos momentos más, unos segundos a lo sumo que a mi me parecen una eternidad. Soy un libro abierto en cuanto a sentimientos inocentes se trata. Doy por hecho que “mi cara es un poema” que debe haberla intrigado. Todavía no he respondido, no porque esté de nuevo inmerso en mis pensamientos, sino porque realmente no estoy pensando en nada. Debe estar esperando algún tipo de explicación. “Perdona…”, logro mascullar entre sonrisas, “… te he oído silbar y…”, ella no dice nada y no aparta su mirada de mí, “…me he sentido bien”.

¿Me he sentido bien?. Ahora va a creer que soy imbécil o algún tipo de psicópata fetichista e imbécil. En menos de lo que muere un parpadeo, mi cara adquiere todo tipo de tonalidades color rojo. Rojo chillón. ¡Maldita vergüenza autónoma!. Ella sigue mirándome. ¿Se estará divirtiendo?. En realidad la escena no dura mucho, unos cinco segundos en total. Por segunda vez a mi me parece una eternidad. Me arde la cara. ¡Por favor, que alguien diga algo o que me trague la tierra!. Ya mismo. Creo que le divierte la situación. Sonríe. Su sonrisa es bonita, muy bonita. Por fin responde, “de nada”, y regresa a su trabajo silbando de nuevo.

Termino mi café. De vez en cuando la miro y algunas veces nuestras miradas se cruzan. Ella sigue trabajando. El tránsito de pasajeros ha aumentado y los descansos ya no son posibles, pero alguna sonrisa nos regalamos. Me marcho de la cafetería-barra. Me invade cierta pena por no conocer a esta mujer. ¿Quién sabe que hubiera pasado?. No es mi destino. Las estaciones son lugares de paso.

Camino por el vestíbulo de la estación. Faltan unos poco minutos para que mi tren salga. Busco el arcén correspondiente. Estoy tarareando. Sin darme cuenta he comenzado a cantar la melodía que silbaba la camarera. Encuentro mi tren y ocupo mi asiento. No me quito la canción de la cabeza. Hoy iré a verte, no podemos esperar más. Sigo cantando. Estoy contento.

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