The Glory Of Human Voice, de Florence Foster Jenkins
Publicado el Abril 9th, 2008, por Alf¿La peor cantante de la historia? Así me la introdujo el amigo Víctor. ¿Pero vende discos? exclamó alguien a mi espalda cuando lo estaba escuchando. No es exageración. Cualquier parodia que hayas visto en el cine o en el teatro sobre mujeres que creen que cantan bien, son aplicables al estilo (no puedo decir inimitable, porque canta tan mal como muchos otros) inasequible al desaliento de la buena de Florence.
Realmente parece increíble que esta mujer llegara a inmortalizar sus interpretaciones, y más surrealista todavía que hayan llegado a la era digital… y de fantasías animadas que intenten venderlos al mismo precio que los demás discos.
Está claro que si quieres quedarte con toda la audiencia no tienes más que pinchar cualquiera de sus canciones y dejar que la gente vaya asimilando segundo a segundo la magnitud del musiquicidio que les estás poniendo.
De la atención pasarán a la sorpresa, de la sorpresa al estupor, del estupor al enojo y del enojo a la risa. Eso sí, por mucha gracia que les haga, te pedirán -por favor- que lo quites.
Por muchos buenos ratos que puedas pasar aterrorizando amigos y enemigos por igual, no me atrevo a sugerir que lo compres, (tal vez alguna canción, para poder demostrar que existe) pero claro, con lo rarito que eres, lo mismo te apasiona. Peores cosas hemos pasado, la verdad. Queda.

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The Glory (????) of the Human Voice, por Florence Foster Jenkins (Album Parcial)
Para que sepas cómo se las gastaba el ego de la Srta. Florence, he subido una canción de su disco para que puedas deleitarte. Se trata de un fragmento de La Flauta Mágica, que seguramente recordarás por haber escuchado en otras ocasiones con sopranos de verdad.
Mozart (Die Zauberflöte) Der Hölle Rache
Si quieres completar tu colección, tienes otro disco de Florence Foster Jenkins, más completo y por el precio estándar de 9,99 € que se llama Murder On the High Cs (1937-1951) ![]()
Sobre Florence Foster Jenkins
De la Wikipedia
Florence Foster Jenkins (1868–26 de noviembre, 1944) fue una soprano estadounidense que se hizo famosa por su completa falta de habilidad musical.
Florence Foster nació en 1868 en Wilkes-Barre, Pennsylvania, Florence Foster Jenkins recibió lecciones de música en su niñez y pronto expresó su deseo de viajar al extranjero para continuar tales estudios. Aun siendo de familia acomodada, su padre rehusó pagarle el billete, así que se fugó a Filadelfia con Frank Thornton Jenkins, un médico que más tarde se convertiría en su marido (se divorciaron en 1902). Tras su llegada a Filadelfia empezó a ganarse la vida como maestra y pianista. Después de la muerte de su padre en 1909, Jenkins heredó una suma de dinero que le permitió comenzar su carrera musical, habiendo sido antes disuadida por sus padres y su antiguo marido. Entró a formar parte de la vida musical de Filadelfia y más tarde de la de Nueva York, donde fundó y financió The Verdi Club, tomó lecciones de canto y empezó a dar recitales, siendo su primero en 1912. La muerte de su madre en 1928, cuando Florence tenía 60 años, le proporcionó libertad y recursos adicionales a la hora de perseguir sus objetivos.
Basándose en sus grabaciones, es evidente que Jenkins tenía muy poco sentido del oído y el ritmo y era a duras penas capaz de mantener una nota. Era normal que su acompañante hiciera ajustes para compensar sus variaciones de tempo y fallos rítmicos. Aun así se hizo tremendamente famosa, al parecer el público la adoraba por la diversión que proveía en lugar de por su habilidad musical. Los críticos a menudo eran tan crueles que bien pudieron servir para picar la curiosidad del público.
A pesar de su patente falta de habilidad, Jenkins estaba firmemente convencida de su grandeza. Se ponía a sí misma a la altura de sopranos de renombre como Frieda Hempel y Luisa Tetrazzini, y disculpaba las risas que a menudo provenían de la audiencia durante sus actuaciones como procedentes de rivales consumidos por “envidia profesional”. Era consciente, sin embargo, de sus críticas, a las que una vez respondió: “La gente puede decir que no sé cantar, pero nadie podrá decir nunca que no canté”.
La música de los recitales de Jenkins era una mezcla del repertorio operístico estándar de Wolfgang Amadeus Mozart, Giuseppe Verdi y Richard Strauss (todos ellos más allá de su habilidad técnica), Lieder (incluyendo obras de Johannes Brahms y “Clavelitos” de Joaquín Valverde, su partitura favorita) y canciones compuestas por ella misma o su acompañante, Cosmé McMoon, de quien consta que ponía caras a Jenkins por la espalda para provocar la risa de los espectadores. Después de su muerte le intentó robar su herencia declarando ser su amante, si bien había una amplia evidencia de que era homosexual. Jenkins a menudo llevaba elaborados disfraces que diseñaba ella misma, algunas veces aparecía con alas y espumillón y, para “Clavelitos”, arrojando flores a la audiencia mientras ondeaba un abanico y lucía más flores en su pelo.
Después de un accidente de taxi en 1943 descubrió que podía cantar “Un fa más alto que nunca”. En lugar de una demanda contra la compañía de taxis le envió una caja de caros puros al conductor.
A pesar de la petición pública de más apariciones, Jenkins restringió sus actuaciones en directo a unos pocos favoritos y a su recital anual en el auditorio del Ritz-Carlton de Nueva York. La asistencia a sus recitales estaba siempre limitada a su leal club de señoras y otros pocos elegidos (ella misma se encargaba de distribuir las entradas). Con 76 años, Jenkins finalmente cedió a los deseos de sus admiradores y actuó en el Carnegie Hall el 25 de octubre de 1944. Tan anticipada fue la actuación que las entradas se agotaron con semanas de antelación. Jenkins murió un mes después.
Se dijo que los 32 años de carrera musical de Jenkins fueron una elaborada broma sobre el público, lo cual parece contradecirse con la afirmación de que su muerte después de su actuación en el Carnegie Hall fue resultado del rechazo de los críticos. Sin embargo, hay muy pocas evidencias que constaten dichas afirmaciones. Todo parece indicar que Florence Foster Jenkins murió con el mismo feliz y convencido sentido de plenitud que prevaleció durante toda su vida artística.




