Carta abierta ante 2009

ene 22nd, 2009 | By | Category: Opinión

Queridos amigos y amigas, como todos sabemos en nuestras propias carnes, el año 2009 ha llamado nuestra puerta y trae colgado el sanbenito de “problemático”. Sea cierto o no (todavía es pronto para decirlo ya que aún no le han salido ni los dientes), lo cierto es que todos le miramos con preocupación y con aprensión, murmurando por los rincones mientras le miramos de reojo, como cuando tienes un familiar con algún desequilibrio mental, y temes que si te ve -o tan sólo con que piense que lo haces- hablando de él, la puede emprender contigo.

Y claro, como en la vida real, es más que probable que, a fuer de temerle, acabe respondiendo a lo que se espera de él, y acabe siendo temible.

Pero nos encontramos en la encrucijada ¿podemos ir de ingenuos suicidas haciendo como que no pasa nada? ¿nos daría tiempo a reaccionar si de repente nos encontramos en mitad de la tormenta? ¿o por el contrario, parafraseando esa horrible muletilla “si queremos paz, tenemos que prepararnos para la guerra”?

Yo no lo sé (y creo que para nuestra desgracia aquellos a los que pagamos para que lo sepan, están tan despistados como nosotros) y, sinceramente, no sé cómo actuar. Mi naturaleza me dice que hay que seguir empujando como siempre, intentar avanzar aunque nos cueste más, aunque el temporal arrecie. Y que tantas veces como nos tumbe, tantas veces nos tendremos que levantar. Que si corremos (como parece que establece el consenso, el sentido común, la precaución de los bienpensantes) a las trincheras para refugiarnos, todo aquello de lo que huimos nos perseguirá hasta las puertas. Y corremos el riesgo de que nos entierren vivos. Que estemos tan ocultos en nuestra trinchera que se nos olvide sacar la cabeza para ver si el horizonte está despejado, a ver si podemos volver a ser felices.

Si nos encerramos en nuestras cavernas a mirar la realidad sólo a través de los reflejos que veamos en la pared, corremos el riesgo de pensar que sólo aquello que vemos es real, y acabaremos temiendo mirar de frente, pensar por nosotros mismos, tomar decisiones. Nos quedaremos para siempre en la cueva. Y estaremos, espiritual, anímicamente, muertos.

Es evidente que la tendencia natural es correr a favor de la corriente. Si alguien grita “huyamos” y la masa empieza a correr ¿quién será el loco que se quede en su puesto, aún más, que se empeñe en comprobar por sí mismo de qué y por qué hay que huir? ¿Quién tendrá el valor de resistirse al flujo y mantenerse firme para después empezar a avanzar?

Una cosa está clara: todos los huecos, todas las oportunidades, que han dejado los que huyen despavoridos al grito de “el lobo”, van a quedar libres. Disponibles. Sin dueño. Están ahí para que ser ocupados por los valientes. Por los supervivientes. Por los conquistadores. Por los que no están en el fondo de su madriguera rezando cada día porque las provisiones duren más que el invierno.

Así que, una vez revisado el aparejo, el armamento, examinadas provisiones y armas, te propongo una idea. Marchemos hacia adelante. No nos dejemos arrastrar por la marejada de los que huyen, los cobardes, los temerosos. Como mínimo, quedémonos a defender lo que es nuestro, lo que nos pertenece porque lo hemos trabajado. Y cuando veamos que no pasa nada, que todo sigue en pié, que las balas pasan silbando (¿alguna vez dejaron de disparar?) pero que el suelo sigue bajo nuestros piés, y el cielo por encima de nosotros, avancemos.

Aprovechemos que hay más terreno libre que nunca, que el enemigo, aunque es cierto que existe, es invisible e intocable. Y demostrémosle que no le tenemos miedo. Que somos una raza de supervivientes.

Claro que habrá bajas, incluso accidentes que se lleven por delante a algunos (puede que incluso a mi -lo acepto). Pero prefiero mil veces perderlo todo luchando que perderlo todo escondido. Si dejamos que el miedo nos atenace, seremos presas aún más fáciles que si plantamos cara y peleamos.

Y cuando todo el mundo esté agachado, escondido, si miras alrededor, verás que aún quedamos gente en pié, dispuestos a presentar batalla. Esos son los nuestros. Nuestros compañeros de viaje, nuestros hermanos. Deja que el rebaño se reúna, déjales que piensen que si forman una gran masa nada ni nadie les atacará. Tú se fiel a tu espíritu, ese que te ha traído hasta aquí, ese que te llevará hasta el otro lado.

Me hubiera gustado haber podido asomarme antes para mandarte este mensaje y desearte feliz, que me parece de más actualidad que nunca, aunque sea a través de la publicidad. Para este viaje, además de música, te recomiendo que repases el completísimo artículo que hice en su día (van a cumplirse dos años) de una canción de Coca Cola que toda mi generación tiene grabada a fuego en su corazón: I’d like to teach the world to sing (Al mundo entero he de cantar…).

Si quieres que peleemos juntos, aquí me tienes. Estoy listo y tengo mucha música para alimentarnos. ¿Y tú?

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